15. Un pañuelo en el garaje y dinero para comprar silencio
La llovizna seguía mojando el rostro de Elara mientras espiaba a través de los barrotes de hierro de la ventilación. Allí abajo, sobre el frío suelo de hormigón del garaje, el demonio había perdido sus colmillos.
La ancha espalda de Jaxon, empapada en sudor, temblaba levemente. La sangre de sus nudillos destrozados goteaba, mezclándose con la arena derramada del saco de boxeo desgarrado. El hombre que ponía de rodillas a todo el campus y al inframundo entero, ahora se veía increíblemente frágil