11. Una advertencia al volante
Dormir fue una tarea imposible para Elara esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen del rostro de Jaxon acorralándola en la biblioteca, acompañada por el rugido de la motocicleta atravesando la tormenta a las dos de la madrugada, volvía para atormentarla. La gélida advertencia de los labios de aquel hombre parecía haberse instalado bajo su piel, haciéndola temblar sin parar a pesar de estar envuelta en su gruesa manta de seda.
A la mañana siguiente, Seattle amaneció bajo un cielo gris