Los días siguientes fueron una tortura silenciosa para Daniel, una crucifixión psicológica que se extendía desde el amanecer hasta las horas más oscuras de la madrugada. La mirada de Lucía lo perseguía como un fantasma vengativo, materializándose en los reflejos de las ventanas, en las sombras que danzaban en las paredes de su oficina, en los espacios vacíos donde su presencia había dejado una marca indeleble.
Cada vez que ella entraba en su oficina, sentía un escalofrío que comenzaba en la nuc