El club se había transformado en una sinfonía de tentación nocturna. Las luces tenues danzaban como luciérnagas embriagadas, creando un laberinto de sombras y promesas. El aire vibraba con más intensidad que la noche anterior, espeso como miel tibia, impregnado del murmullo seductor de conversaciones íntimas y la música que se deslizaba por los cuerpos como caricias líquidas.
Lucía había cruzado el umbral del club como quien atraviesa un portal hacia otro universo. Esta vez llevaba un vestido a