La luz fluorescente de la oficina parecía haberse conjurado contra Lucía esa mañana. Cada parpadeo del tubo defectuoso del pasillo era como un martillo en su cráneo, recordándole que tal vez había sido demasiado generosa con los cócteles la noche anterior. Pero no podía quejarse. Por primera vez en años, había vivido algo que valía la pena recordar, aunque su cabeza protestara como un niño malcriado.
Se tambaleó hasta su escritorio, aferrándose a su taza de café como a un salvavidas. Sus colega