35.
SOPHIE
La luz entra como un hilo apenas definido por la cortina pesada de la habitación de huéspedes, un destello tibio que se cuela a través de los pliegues y me despierta antes de que el reloj pueda anunciarme que debería abrir los ojos. Me quedo así unos segundos, quieta, intentando reconocer dónde estoy, y me toma un momento recordar que no estoy en mi casa, que esta cama inmensa y demasiado suave no es la mía, que el silencio tan pulcro y tan ordenado tampoco pertenece a mi vida cotidiana.