Shopia contemplaba el techo de la lujosa habitación que aún le resultaba ajena. La tenue luz de la lámpara de cristal colgante proyectaba reflejos suaves sobre las paredes blancas e impecables. El aire era cálido—demasiado cálido. Su respiración era entrecortada. Su cuerpo temblaba, no por el frío, sino por la tormenta de emociones que ya no podía controlar.
Damian estaba sentado al borde de la cama, observándola como un león que acababa de acorralar a su presa. Su mirada ardía—de deseo, de dom