Anaís prácticamente corrió fuera del hospital, subió al primer autobús que pasó y no dejó de temblar en todo el camino a su casa. Sentía que el peligro la acechaba en cada esquina.
Cuando llegó a su modesto hogar, abrió la puerta suspirando de alivio, creyendo que estaba a salvo. Pero en cuanto dio un paso adentro, la sangre se le fue al piso. Harold, su ex, la estaba esperando sentado en la penumbra de la sala, con el rostro desfigurado por un enojo violento.
Anaís, asustada, intentó retrocede