El teléfono encriptado sobre la gran mesa de caoba comenzó a emitir un zumbido grave y metálico. El salón entero, rodeado por la imponencia de Ángelo, Li Wei, Zhang, Damián, Alessandro y Thiago, quedó sepultado en un silencio absoluto.
Luciana, con el pecho agitado tras el desastre de las rosas rojas, apenas se atrevía a respirar.
Ángelo presionó el altavoz con una fuerza que amenazaba con romper la pantalla táctil.
—Sea quien sea el infeliz al otro lado... acaba de firmar su sentencia de muer