ANGEL NEGRO Y DEMONIO DI SANTI.
Las alarmas silenciosas del monitor médico no alcanzaron a sonar, pero el agudo olfato de Ángelo para el peligro lo hizo desviar su camino por el pasillo hacia la enfermería. Al abrir la puerta, la imagen le heló la sangre: Larius yacía en la camilla con el rostro pálido, apretando la mandíbula y con los vendajes del costado completamente empapados en sangre fresca.
—¡Maldita sea, Larius! —exclamó Ángelo avanzando a pasos agigantados—. ¡ARRIETA! ¡VEN AQUÍ AHORA MISMO!
En segundos, Arrieta cruzó