En la penumbra de la oficina principal, el ambiente continuaba cargado. Cassandra cerró la puerta con llave y caminó despacio hacia el escritorio donde Ángelo permanecía sentado, con la mirada perdida en la nada y la mandíbula apretada.
Se acercó por detrás, posando sus manos sobre los hombros rígidos de su esposo, masajeándolos con suave firmeza antes de inclinarse a su oído.
—Ángelo, mi amor... tienes que calmarte —le dijo Cassandra con una voz baja, pausada y llena de control—. Dale la oport