El vehículo blindado se deslizaba por las calles oscuras de la ciudad, alejándose de la mansión Di Santi. El silencio en el interior era denso, sofocante. Enzo daba una calada profunda a su cigarrillo, mirando por la ventana con los ojos perdidos en la penumbra, mientras el humo denso llenaba la cabina.
Larry manejaba con la mirada fija en el frente, pero el sudor frío en la nuca delataba su inquietud. Había visto a su Capo matar hombres sin pestañear, pero la ternura mezclada con furia salvaje