En la penumbra del vehículo blindado, el humo del cigarrillo de Enzo danzaba en espirales densas. Su respiración continuaba siendo pesada, golpeando con fuerza contra su pecho cubierto apenas por la camisa negra. La impotencia lo estaba comiendo vivo por dentro.
Se pasó una mano por el cabello oscuro, apretando la nuca hasta que las nudillos se le pusieron blancos.
De pronto, un chispazo de lucidez le atravesó la mente. Se congeló con el cigarrillo a medio camino de los labios.
—Maldición... —