El beso se volvió una marea voraz. Li Wei rodeó la cintura de Clara con la firmeza de un depredador, cargándola de un solo impulso hasta sentarla sobre el borde del escritorio de caoba. Los papeles con los traspasos de poder salieron volando al suelo, pero a ninguno de los dos les importó el caos de la dinastía en ese instante.
Clara enredó las piernas alrededor de la cadera de su esposo, despeinándole el cabello negro con desesperación mientras sus bocas colisionaban en un choque de lenguas, c