La gran sala de juntas de la residencia olía a cuero, pólvora y la solemnidad de un imperio a punto de mudar de piel. En la cabecera de la enorme mesa de caoba se encontraban los patriarcas, Ángelo Di Santi y Li Wei, flanqueados por sus esposas, Cassandra y Clara. A un lado, erguido como un roble antiguo, permanecía Arrieta, el veterano padre de Wei Zhang, acompañado por su hijo Zhang, quien observaba la escena con una lealtad inamovible.
En el centro de la estancia, de pie y con posturas que r