Stavros empujó la puerta de la oficina privada de Alessia con el ceño fruncido, intentando mantener la compostura. Al cruzar el umbral y ver a su poderoso jefe —el intocable Sebastián— con la camisa hecha jirones, en boxers y completamente esposado a la base de metal del escritorio, Stavros tuvo que morderse el labio inferior con fuerza para no soltar una carcajada monumental.
—Jefe... ¿todo bien? ¿Se siente bien? —preguntó Stavros, acercándose con pasos cautelosos mientras sacaba las llaves de