Fuera de la atmósfera sofocante de la bodega, el aire fresco de la madrugada en Miami golpeaba los rostros de los sobrevivientes. En una de las camionetas blindadas, Arrieta estaba sentado con el rostro enterrado entre las manos, consumido por el dolor de la traición y la farsa que había sido su matrimonio. Thiago y Zhang se habían acomodado a los lados para sostenerlo.
—Padre, te entiendo...sé que duele como el infierno —le dijo Zhang con la voz quebrada por el llanto, apoyándole una mano en e