El todoterreno blindado de los Di Santi frenó en seco frente a la entrada principal del hospital, derrapando sobre los vidrios rotos y las vainas servidas de bala. Las puertas se abrieron de golpe y de su interior descendieron hombres armados hasta los dientes.
Alessandro bajó con el rostro completamente cubierto por un pasamontañas táctico negro, dejando visibles únicamente sus ojos helados y llenos de una furia asesina. Con el rifle de asalto listo, lideró el asalto al interior del vestíbulo.