Las puertas automáticas del San Angel General Hospital se abrieron de golpe, tragándose la noche y el caos.
—¡Ayuda! ¡Por favor, necesitan un médico ahora mismo! —la voz de Thiago quebró el silencio del área de urgencias, temblando de pánico puro mientras sostenía a Mía en brazos—. ¡Su pulso está muy débil! ¡No reacciona!
El impacto de la escena detuvo a las enfermeras en seco. El cuerpo de Mía colgaba inerte, pálido como el papel, con la vida escapándosele entre los dedos a pesar de los esfuer