El eco de los gritos y los golpes de Viktor se detuvo cuando Zhang, el otro hijo de Mein Ling, dio un paso al frente. Tenía los ojos anegados en lágrimas, la respiración agitada y el rostro contraído por una mezcla insoportable de dolor, asco y rabia.
—Ay, madre... —rompió a gritar Zhang, con la voz quebrándosele en un llanto desgarrador que resonó en cada rincón de la bodega—. ¡Tanto dolor que pasaste, tanto sufrimiento con ese maldito de Li Shen, para terminar cayendo en la misma mierda otra