El dolor en la mansión ya no era un grito sordo, sino una marea subterránea que amenazaba con ahogar a todos los presentes. Cada rincón guardaba un eco, un fantasma, una ausencia insoportable.
En una de las salas secundarias, lejos del bullicio de los pasillos principales, la luz de la tarde entraba filtrada por los ventanales polarizados. Bianca estaba sentada en el borde de un sofá, con la mirada perdida y los hombros encorvados. Cuando la puerta se abrió y vio entrar a Nico, algo en su armad