La puerta de la oficina presidencial de las corporaciones Di Santi-Ling se abrió sin anuncio previo.
Alessandro Di Santi ni siquiera levantó la vista al instante. Estaba concentrado en su pantalla, analizando minuciosamente los mapas tácticos y el tráfico de rutas comerciales que pensaban arrebatarle a la familia Larson sin que estos sospecharan nada. Al escuchar los pasos firmes sobre el piso de mármol, cerró la laptop con un movimiento seco y metió los documentos dentro de una carpeta negra.