El sonido de unos tacones resonó sobre el concreto húmedo. Mein Ling avanzó lentamente con su bastón, observando a Yang con una mirada fría, carente de cualquier atisbo de compasión maternal.
—Hija mía... haz las cosas bien —dijo Mei Ling con esa voz pausada y venenosa—. Obedece. Eso es lo que hace una dama de nuestra estirpe si quiere sobrevivir.
Yang abrió los ojos, hinchados y rojos por el dolor, para clavar la mirada en la anciana.
—¡Basta, madre! ¡Ya basta! —estalló Yang con la voz ra