La madrugada caía sobre la mansión Marchetti con un peso gélido y asfixiante, envolviendo los pasillos en un silencio que vaticinaba otra tragedia. Victtorio caminó con lentitud hacia la habitación de Marco, encontrando una escena que, por un breve segundo, le devolvió la calidez al pecho: Aria permanecía sentada al borde de la cama, velando el sueño profundo de Marco, mientras el niño descansaba ajeno a la sangre que se había derramado en las últimas horas.
—Deberías descansar, mi vida —susurr