Victtorio irrumpió en la habitación de Aria como una tormenta contenida, su presencia llenando el espacio estéril con una energía cruda y protectora. Aria yacía en la cama, pálida pero consciente, con el gotero intravenoso marcando un ritmo constante. Él se acercó, tomando su mano con una delicadeza que contrastaba con la furia en sus ojos.
—Victtorio... ¿qué pasó? Estás herido —susurró Aria, su voz débil pero llena de preocupación, intentando incorporarse a pesar del dolor.
—No te muevas, amor