Diana salió de su habitación con paso firme, los ojos enrojecidos y el aura encendida como un incendio contenido. Apenas la vieron, Nikolai y Claus entendieron: ya lo sabía. La noticia de que Erik y Betany eran destinados había llegado hasta ella, y no necesitaban preguntar cómo.
Su respiración era entrecortada, las manos crispadas a los costados y los músculos tensos. Nil, su loba, estaba demasiado cerca de la superficie, reclamando control. El fuego en su mirada era el de una bestia herida, d