La mañana amaneció con un silencio inquietante. Valeria lo sintió incluso antes de abrir los ojos, esa extraña quietud que precede a las tormentas. Se incorporó lentamente en la cama, acariciando su vientre que ya mostraba una curva pronunciada. Habían pasado semanas desde que encontró refugio en la manada de Kael, semanas en las que había comenzado a sentirse parte de algo nuevamente.
Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
El alboroto en el perímetro de la manada la alertó. Desde l