Katia sostenía la prueba, como si fuera un trofeo que le garantizara la victoria. Nikolai, a mi lado, parecía haber olvidado cómo respirar; su rostro era una máscara de piedra, una mezcla de sorpresa y una incomodidad que apenas lograba contener. Yo, en cambio, sentía una calma afilada recorriéndome la piel; si ella quería jugar, jugaríamos, pero bajo mis condiciones.
No le dediqué ni un segundo de preocupación a su supuesto embarazo. Ni una lágrima, ni un cuestionamiento melodramático. La barrí