Los días posteriores a nuestra decisión pasaron como un parpadeo veloz, cargados de trámites rápidos, firmas en notarías y un silencio cómplice entre Luigi y yo.
Hoy el peso de esa decisión me aplasta los hombros mientras las manecillas del reloj avanzan implacables hacia el momento exacto que cambiará mi destino para siempre. Ya no hay marcha atrás, ni un resquicio para la duda, porque las puertas de la sala del juzgado civil se abren frente a mí con una frialdad absoluta que congela el aire a