La mañana llegó cargada de una pesadez extraña, como si el peligro aún flotara en las paredes de mi hogar. Lorena fue la primera en levantarse y bastó una mirada para que notara que algo andaba mal conmigo.—¿Mami, estás bien? —preguntó con su voz dulce, ladeando la cabecita.—Sí, mi cielo, solo estoy un poco cansada —le mentí, forzando una sonrisa—. Ven, lávate los dientes y bajemos a la cocina a preparar los panqueques que tanto te gustan.—¡Yupi! —exclamó ella, saltando de la cama con emoción.En cuanto pisamos la cocina, la puerta sonó de nuevo. Para este punto ya me estoy desperrando. Conté hasta diez, miré a Lorena para no contagiarle mi miedo y abrí.—Buenos días, señorita —dijo Dimitry, tan imponente como el día anterior—. Nikolái quiere verla ahora mismo, así que vendrá con nosotros.—Un momento —respondí, plantándome firme bajo el marco—. No sé qué se cree tu jefe, pero es de pésima educación invadir la casa de una mujer que está sola con su hija.Dimitry suspiró de lado, per
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