La resaca del gran desfile de Milán no fue de alcohol, sino de la adrenalina pura que me recorría las venas mientras miraba las cifras récord en la pantalla del ordenador. Después de un año entero de trabajar dieciséis horas al día en el taller, por fin sentía que el suelo bajo mis pies era completamente firme y que nadie podría volver a doblegarme jamás.
El éxito me sabía a gloria pura, a libertad recién estrenada y a café cargado por las mañanas. Miraba los gráficos financieros donde las vent