Me quedo en silencio con la carpeta médica abierta sobre las piernas. Las hojas crujen bajo mis dedos mientras proceso cada una de sus palabras desquiciadas. Su propuesta de matrimonio suena tan absurda que parece sacada de una mala pesadilla en la que no pienso caer.
—Victoria, entiendelo, ya no puedes ocupar el lugar que jamàs te pertenecio —digo al fin con la voz firme, clavando mis ojos en los suyos sin mostrar debilidad—. No puedo cumplir ese capricho. No voy a casarme contigo bajo ninguna