ciento veintinueve

Isabella

La luz del amanecer no entraba en la cueva, pero el ambiente había mutado. El murmullo constante de la noche anterior se había transformado en un silencio tenso, un tejido de respiraciones y movimientos calculados. Mis dedos se ajustaron sobre el cuero de mi cinturón, verificando la posición de mi daga por centésima vez.

Pedro Genaro estaba de pie frente a un mapa trazado en el suelo con arena y piedras. Su mano, grande y curtida por los años de servicio, se movía sobre las líneas que
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