Isabella
El gran pasillo de la casa de la manada ya no era un lugar de historia o de silencio refinado. Se había transformado en un túnel claustrofóbico de violencia, donde el aire estaba espeso con el aroma a ozono, cedro astillado y el olor a cobre de la sangre.
Los tapices que habían colgado durante generaciones estaban hechos jirones por hojas errantes, cayendo como pieles coloridas y descartadas sobre el suelo resbaladizo de sangre. Las reliquias ancestrales, tesoros de una era pasada,