Pedro Genaro
Las llamas devoraban los últimos retazos de la estancia, creando un muro de fuego que nos separaba físicamente, pero no pudo silenciar el odio que rugía entre nosotros.
Asher estaba acorralado contra el balcón, con el rostro ennegrecido por el hollín y los ojos inyectados en sangre, vibrando con una furia antigua que parecía alimentarse del mismo oxígeno que nos faltaba.
Me mantuve firme al otro lado de la barricada improvisada, sintiendo el calor abrasador en mi piel pero si