Ciento dieciséis

Isabella

Un trozo de lodo seco se desprendió del dobladillo de mi falda cuando me apoyé en la mesa de pino, cayendo sobre el cuenco de arcilla agrietado donde guardábamos los restos de la cal del río. El aire del pasillo olía a la resina húmeda que los muchachos de la patrulla exterior usaban para sellar los postes contra las primeras lluvias del invierno.

Arthur entró por la abertura trasera, arrastrando sus botas cubiertas de hojarasca sobre las tablas, sujetando a un chico joven por la tela
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