Ciento quince

Isabella

Los restos de la pasta amarilla de la raíz se secaron hasta formar una costra dentro del mortero, el olor a vinagre desvaneciéndose mientras Freya empujaba el cuenco de hierro dentro de un balde de desperdicios. En las tablas del suelo, Pedro Genaro yacía sin moverse, los trozos rotos de su camisa de lino pegándose a sus costillas donde el sudor frío se había acumulado en los huecos de su clavícula.

Mis dedos no se enderezaban correctamente cuando intenté retirar la mano de su costado.
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