Isabella
El dobladillo de mi capa se arrastraba por el musgo mojado, juntando hojas secas de abedul mientras me movía por el saliente de granito detrás de Brandon. Abajo, el agua del arroyo seguía golpeando las rocas negras con suficiente fuerza como para sacudir los troncos podridos encajados a lo largo del estrechamiento.
Brandon no miró hacia atrás, sus dedos se engancharon en el cuero ennegrecido por el uso de la correa de su carcaj para evitar que las puntas de hierro tintinearan contra su