Mia se quedó plantada frente a Deimos, respirando hondo. El aire olía a tierra mojada y esas verdades que ambos habían escondido durante el tiempo que llevaban de haberse encontrado. Por un instante, hasta el frío del castillo pareció cálido. Ni los deberes, ni las batallas pendientes, ni siquiera el estruendo de la tormenta de afuera importaban. Solo este rincón de paz robado al caos. Deimos cruzó los brazos, como siempre hacía cuando se sentía vulnerable, pero sus ojos dorados, con esa mirada