Las catacumbas bajo el castillo olían a tierra húmeda y hierbas marchitas. La luz de las antorchas bailaba sobre las paredes, proyectando sombras que se retorcían como espectros inquietos. En el centro del recinto, sobre una losa de piedra negra, yacía el cuerpo destrozado de Seth. Su garganta aún mostraba las marcas de las garras de Aamon, sus huesos rotos como ramas secas.
Pero entonces, alguien entró aprovechando la penumbra de la madrugada. Una figura esbelta, de cabello rojo como el atard