El polvo de la batalla aún flotaba en el aire cuando los primeros gritos comenzaron a surgir entre los sobrevivientes. No eran gritos de alivio, ni de celebración. Eran gritos de horror.
Deimos no podía apartar la mirada del lugar donde Mia había estado parada segundos antes. La piedra allí estaba carbonizada, marcada con runas que ardían en un azul pálido, como cicatrices en la piel del mundo. Se acercó, arrastrando los pies, con cada uno de sus pasos haciendo eco en el silencio repentino.
—¿