El crepitar del fuego en las antorchas era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de las mazmorras del castillo. Las paredes de piedra, húmedas por el peso de los años, parecían susurrar secretos mientras Mia observaba el altar que los soldados habían colocado cuidadosamente en el centro de la cámara. Su presencia era imponente incluso en la penumbra, irradiando una oscuridad palpable que parecía llenar cada rincón del espacio.
Con un gesto de la mano, Mia despidió a los guardias que