El aire en la catedral ahora ya no era espeso, sino sofocante, como si la gravedad hubiera aumentado, aplastando todo a su paso, cada respiración de Mia quemaba sus pulmones con el sabor metálico del miedo y la corrupción. Las sombras alrededor de Seth se movían con vida propia, formando tentáculos oscuros que se enroscaban en sus brazos, sus piernas y su cuello como si quisieran arrastrarlo a las profundidades de las que ningún alma regresa. Mía sintió cómo sus rodillas amenazaban con ceder. E