El aire en la catedral se volvió espeso, como si cada respiración arrastrara consigo el peso de siglos de corrupción. Las sombras, antes danzantes, ahora se coagulaban en formas retorcidas, expectantes. Mía sentía sus miradas, pero no tenían ojos, sino huecos, vacíos que absorbían la luz y la devolvían convertidas en algo más oscuro.
—Vas a fallar, como todos los demás. —La voz de “Soberbia” no era un sonido, era un cuchillo deslizándose entre sus costillas.
Mia no se inmutó, pero sintió cómo