Los días en Velkan pasaban con una normalidad casi inquietante. El cielo siempre estaba despejado, lleno de nubes pomposas y aves cantando desde el amanecer, la brisa suave acariciaba los campos y el sol doraba las copas de los árboles. Para cualquiera que no hubiera huido de un reino en ruinas, sería difícil imaginar que el peligro aún los acechaba porque Aamon seguía cerca, esperando el momento oportuno para atacar.
Pero para Mia, esta paz era frágil, una calma tensa que podía romperse en cua