Mundo ficciónIniciar sesiónMi nombre es America. No es uno tan común,pero él nunca me llama por mi nombre,ni siquiera lo hace en absoluto. Una vez fuimos mejores amigos,pero un día decidió que ya no quería serlo,desde entonces he sido excluida de todos los eventos,humillada en mis peores días y calumniada más que cualquier persona en la preparatoria. Este año perdió su oportunidad de humillarme más,porque este año no soy la misma chica que solía llorar por sus bromas,este año es ojo por ojo y golpe por golpe... Santiago Díaz y América Segovia son mejores amigos desde pequeños, hasta un verano en qué Santiago viaja con su madre y por accidente descubre que ella es prostituta. para poder guardar el secreto decide alejarse de todos, incluída América,al creer que ella lo descubre,la ridiculiza para que nadie pueda creerle. pero este año es el último día que ella lo permite.
Leer más(Santiago) días antes…Camino entre la multitud sin saber qué hacer con mis pensamientos. Todos están mirando a América, celebrando su victoria, y yo… yo no soy parte de eso. La ironía me golpea como un puño cerrado: la chica que solía ser invisible, la que siempre estuvo en las sombras, ahora es la protagonista, la maldita reina del lugar. Y yo… yo soy solo un espectador. Antes, todo giraba a mi alrededor. La gente me seguía, me admiraba, y nadie podía cuestionarme. Yo era el rey, el chico que siempre tenía el control. Pero ahora… ahora todo eso se desvaneció. Miro hacia el suelo, sintiendo el peso de cada mirada que se aleja de mí. Incluso JC, ese idiota que siempre estaba a mi lado, ahora la mira a ella con respeto. La gente la aplaude, la celebra, y yo solo… observo. Lo que más me molesta es que no me enojo. No siento rabia, no siento ira. Solo siento vacío. Como si me estuvieran arrancando algo que ni siquiera sabía que tenía hasta que lo perdí. Es un sentimiento extraño,
La euforia de mi pelea con Tania sigue en el aire, pero para mí ya es cosa del pasado. No me importa lo que digan, ni las miradas que ahora me siguen a todas partes. Me acostumbré demasiado a estar sola como para emocionarme porque, de la nada, todos quieren estar cerca. Santiago sigue distante. No se ha dirigido a mí desde la pelea, y aunque no voy a admitirlo en voz alta, hay una parte de mí que esperaba otra reacción. Una pelea, una burla, algo. Pero no. Solo silencio. La paz dura poco. Porque justo cuando creo que puedo relajarme, el problema me encuentra. —Bonito espectáculo el de la otra noche. La voz grave y rasposa me saca de mis pensamientos. Me detengo en seco. No reconozco a la persona que me habla, pero tampoco necesito mucho para darme cuenta de que no es un estudiante. Es un hombre. Mayor. Alto, con una chaqueta de cuero gastada y cicatrices en los nudillos que no dejan dudas de a qué se dedica. Me observa con una media sonrisa ladeada, co
El silencio que dejó la pelea con Tania no dura mucho. Al principio, todos están en shock. No porque nunca hayan visto una pelea antes, sino porque nadie esperaba que fuera yo quien terminara con el puño en alto. Pero luego, como una ola que crece sin control, se desata algo que jamás había sentido en este maldito lugar: Respeto. —¡América, no mames, le rompiste la nariz! —alguien grita, y la risa se esparce entre la multitud. —¡La hiciste mierda! —¡Fue lo mejor que he visto en mi vida! Los murmullos se convierten en ovaciones. Alguien me da una palmada en la espalda, otros aplauden y algunos incluso sacan sus teléfonos para grabar mi salida triunfal. Yo solo sonrío. No porque lo necesite, sino porque es la primera vez que siento que yo tengo el control de la situación. —¿Qué se siente? —JC aparece a mi lado, con los brazos cruzados y una expresión de puro entretenimiento. —¿Qué cosa? —Ser la nueva reina de la escuela. La idea me da risa
Santiago volvió a clases como si nada. Como si nunca me hubiera sonreído en La Mala, como si nunca me hubiera visto pelear y no hubiera sentido orgullo por mí. Como si todo lo que pasó aquella noche no hubiera significado un carajo. Y la verdad, qué bien. Qué bien que siga siendo el mismo idiota de siempre, porque al menos ya sé a qué atenerme. Pero claro, esto no significa que los demás también lo pasen por alto. Su regreso es el evento de la semana. Las chicas vuelven a girar la cabeza a su paso, los idiotas de su grupo le chocan el puño con la misma emoción de siempre y todo vuelve a girar en torno a él. Bueno, casi todo. JC ya no está en su bando. Ese es el verdadero chisme. JC Spencer, su mano derecha, su sombra, su hermano, ahora está de mi lado. No porque seamos mejores amigos, no porque crea que soy la mejor persona del mundo, sino porque, por alguna razón, decidió que no me dejaría sola. Lo cual es útil cuando Tania decide que es hora de intentar arrastrarme de
(Narrado por el padre de América) Los pecados del pasado nunca desaparecen. Se ocultan en los rincones de la memoria, se entierran bajo excusas y se disfrazan de errores olvidados. Pero tarde o temprano, regresan. Siempre regresan. —Hija, puedes dejarme a solas con Nora. Mi voz suena más dura de lo que esperaba, pero no me retracto. América me mira con el ceño fruncido, confundida. No está acostumbrada a escucharme hablar así. Yo tampoco estoy acostumbrado a hacerlo. He pasado mi vida siendo paciente con ella, tratándola con cariño, asegurándome de que nunca tenga razones para temerme. Pero esto es diferente. Esto es algo que debí haber enfrentado hace años. Nora también lo siente. Puedo verlo en su rostro, en la manera en que sus labios se separan ligeramente y su respiración se vuelve errática. Está nerviosa. Como si supiera exactamente lo que estoy a punto de decir. No aparta la vista de mí. Su expresión cambia rápidamente entre sorpresa, incomodidad y, finalmente, miedo.
Llego a casa sin recordar cómo. Vanessa no me pregunta nada. Tal vez porque sabe que si abre la boca, voy a romperme. Me encierro en mi habitación, con el corazón golpeando tan fuerte que duele. Pero no me quedo ahí. Porque si lo hago, me voy a asfixiar. Así que hago algo que jamás pensé que haría. Salgo. Camino por la casa en la oscuridad y me detengo frente a una puerta que no suelo tocar. Toco dos veces. —¿Papá? Su voz tarda en llegar, pero cuando lo hace, suena sorprendida. —¿América? Abre la puerta y me mira con el ceño fruncido. Lleva una camiseta vieja y pantalones de pijama. Claramente estaba por dormir. —¿Puedo entrar? Mi padre asiente y me hace un gesto con la mano. No sé por qué estoy aquí. O tal vez sí lo sé. No tengo a dónde más ir. Me siento en el sillón de su habitación, con las piernas recogidas. Me mira con cautela. —¿Qué pasa? No sé por dónde empezar. Así que solo… lo suelto. Todo. Desde el principio. —Santiago y yo éra
Último capítulo