Se había alejado. Dioses, lo había hecho.
La puerta aún temblaba sobre las bisagras rotas detrás de él, gimiendo por la fuerza de su retirada. Pero ninguna distancia era suficiente. No cuando su aroma aún se aferraba a su piel como humo. No cuando su voz aún resonaba dentro de su cráneo. No cuando el sabor de su nombre aún se sentaba como fuego en su lengua.
Ella estaba en sus pulmones. Su sangre.
Sus huesos.
Caminó por el pasillo fuera de sus aposentos, cada paso una batalla entre el instinto