Atenea despertó en silencio. No la quietud de la desesperación, sino la calma sin aliento antes de una tormenta. Le dolía el cuerpo, pero el dolor ya no la dominaba. Algo había cambiado, no solo en sus huesos, sino en el aire mismo.
La marca estaba completa.
Completada.
Podía sentirla vibrar bajo su piel, atándola a Ragnar como un hilo tejido de fuego y hielo. Pero donde una vez había ardido, ahora latía con algo más. Más profundo. Más antiguo. Como si una puerta se hubiera abierto a la fuerza