Atenea se despertó con el sonido de su respiración. Era superficial. Entrecortada. Viva.
El suelo de mármol bajo su cuerpo estaba frío como el hielo. Las esposas de hierro ya no le mordían las muñecas. Le habían quitado las cadenas. ¿Cuándo sucedió eso? ¿Por qué no se dio cuenta? Tal vez se había desmayado. A pesar de no estar atada con cadenas, seguía sin moverse.
Le dolían las extremidades, pesadas con un peso fantasma. Su loba, que una vez fue un rugido dentro de su pecho, ahora era un eco