No había tiempo. No había luz. No había aire. Solo el crudo y sofocante aplastamiento de la nada.
Atenea flotaba en ella.
La tierra seguía girando y el tiempo no se detenía, simplemente se deslizaba entre las puntas de sus dedos en un completo borrón.
El silencio era absoluto, un velo espeso y opresivo que envolvía sus extremidades como cadenas de sombra. Ahora no había dolor. Ningún hierro frío mordiendo sus muñecas. Ningún suelo de piedra. Solo vacío. Un lugar entre momentos, donde el tiempo